La economía venezolana atraviesa una transformación silenciosa pero profunda. Lo que comenzó como un recurso de nicho entre entusiastas tecnológicos se ha convertido en un fenómeno masivo: el uso cotidiano de criptomonedas. Ante la devaluación acelerada del bolívar y la persecución gubernamental del mercado negro de divisas, cada vez más ciudadanos se aferran a los activos digitales como tabla de salvación.
Tiendas familiares y cadenas nacionales en Caracas y otras ciudades aceptan pagos a través de monederos digitales como Binance o Airtm. Algunos empleadores incluso pagan salarios en criptomonedas, mientras que universidades de prestigio, como la Católica Andrés Bello, han incorporado cursos específicos sobre blockchain y monedas digitales. Lo que hace unos años parecía futurista, hoy es parte de la normalidad venezolana.
El atractivo principal recae en las stablecoins, monedas digitales vinculadas al dólar como USDT, que permiten sortear la volatilidad del bolívar. Víctor Sousa, un comprador que adquiría accesorios telefónicos con esta moneda digital, lo resumía con claridad: “El plan es tener mis ahorros en cripto”.
Los datos respaldan la percepción en la calle. Según Chainalysis, el uso de criptomonedas en Venezuela creció un 110% en los doce meses previos a junio de 2024, situando al país en el puesto 13 a nivel global en adopción.
Maduro, la represión y el efecto inesperado
La aceleración de este fenómeno no solo responde al colapso monetario, sino también a las propias políticas del gobierno de Nicolás Maduro. En un intento por frenar la dolarización informal, el Ejecutivo ha encarcelado a decenas de personas acusadas de publicar tasas paralelas del dólar. Al mismo tiempo, el Banco Central dejó de difundir cifras de inflación en octubre pasado y economistas independientes enfrentan persecución y hostigamiento.
El resultado ha sido paradójico: la represión del mercado negro ha empujado a miles de venezolanos hacia el ecosistema cripto. Para muchos comerciantes, aceptar pagos en USDT es hoy indispensable para no perder clientes frente a la competencia. Gabriel Santana, contador en una ferretería caraqueña, admite que suele perder dinero en las conversiones, pero aun así lo prefiere a mantener ingresos en bolívares: “Cuando entran muchos bolívares, compramos USDT en Binance. Aunque se pierde un poco, en el largo plazo siempre se gana”.
El propio Estado ha mostrado una relación ambigua con las criptomonedas. En 2018 impulsó el petro, su moneda digital nacional, que pretendía vincularse al petróleo y al salario mínimo. El experimento fracasó y fue finalmente abandonado en 2024. Más recientemente, en 2023, el gobierno clausuró la superintendencia de criptoactivos tras un escándalo de corrupción en operaciones vinculadas al petróleo.
Aun así, altos funcionarios han sido acusados en tribunales internacionales de usar monedas virtuales para evadir sanciones y lavar dinero, un reflejo de cómo las criptodivisas penetran incluso en las élites políticas del país.
Un ecosistema que resiste
Las dificultades de acceso a plataformas internacionales, las sanciones financieras de Estados Unidos y la precariedad tecnológica en Venezuela no han frenado la expansión del sector. Binance, presionada por autoridades norteamericanas, limita operaciones con bancos sancionados y bloquea cuentas asociadas a personas señaladas. La infraestructura de internet sigue siendo deficiente, pero la comunidad digital crece.
“En una economía tan distorsionada como la nuestra, el buen juicio es más valioso que el capital”, reflexiona Aníbal Garrido, director del curso sobre criptomonedas en la Universidad Católica Andrés Bello. Según él, lo que está emergiendo no es solo un mercado paralelo, sino también una ciudadanía más crítica y consciente del valor de resguardar sus recursos frente a la inestabilidad.
Mientras tanto, el alivio temporal concedido por Washington a través de Chevron, autorizado a exportar petróleo venezolano, podría proporcionar oxígeno a las finanzas de Maduro. Pero en la vida cotidiana de los venezolanos, la confianza no está en las promesas del gobierno ni en el bolívar, sino en el creciente universo cripto.